Convocatoria Dossier: “La aventura de perder el tiempo: escritura y juego”

Para el número 21 de Badebec. Revista del Centro de Teoría y Crítica Literaria. Universidad Nacional de Rosario, Argentina.

Fecha de publicación: Septiembre de 2021.

Invitamos a enviar trabajos para el dossier: “La aventura de perder el tiempo: escritura y juego”. Coordina: Dra. Natalia Biancotto (IECH, UNR-CONICET). 

Fecha límite de envío: 28 de mayo de 2021.

Los trabajos seguirán las normas de edición de la Revista Badebec: https://revista.badebec.org/index.php/badebec/about/submissions

Fundamentación

Escribir es para el adulto lo que el juego para el niño. La idea, que no es mía sino de R.L. Stevenson, me hace pensar que por alguna razón tal vez indefinible el universo victoriano, cuyos más célebres escritores decidieron que el juego infantil, el universo de la tontería y el sinsentido constituían la materia esencial del acto literario, resulta un ámbito especialmente propicio para interrogar la relación entre escritura y juego, aunque de ningún modo el único ni el primero.

Si partimos de una noción de juego en la que todos acordaríamos desde el sentido común, jugar es “hacer de cuenta que”, imitar la vida, hacer como si. En este sentido más bien llano, la literatura no es otra cosa que juego, una célebre práctica por la que los hombres juegan a ser otros, a crear muñecos de papel que manejan más o menos a voluntad, más o menos como en sueños, mientras dure el intervalo que abre la contraseña (la clave del “como si” asume, inaudita y metamórfica, las más extravagantes versiones: “Había una vez”, “En un lugar de la Mancha”, “Canta, oh musa”, “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”). Avanzando un poco más allá o más acá de la idea de representación, notamos enseguida que nos queda corta, que no nos conforma, que una energía subterránea sigue empujando hacia otra dirección, incluso hacia direcciones opuestas, y nos desorienta: se mueve en todos los sentidos a la vez. Ese impulso sin dirección y sin ley, puesto que lleva en sí todas las direcciones y las leyes —“se lleva puestos” todos los sentidos—, es energía de juego. Estrictamente inútil, sin propósito y sin fin, aviva el hábito del recomienzo, el eterno retorno que Nietzsche identifica con el “juego del crear” (“una rueda que se mueve por sí misma, un primer movimiento, un santo decir sí”), el “hacer una y otra vez” que para Benjamin caracteriza al juego infantil, el “galumphing” con el que los antropólogos designan la energía inagotable de los cachorros, los niños, los artistas.

Jugar (escribir) es esencialmente perder el tiempo, lanzarse excesiva y desenfrenadamente al tiempo de la aventura inútil. (Por si hiciera falta apuntar que lo inútil no va de la mano de lo inocuo, recordemos que a veces el juego se paga con la vida). Decimos “perder el tiempo” en tanto el sentido común indica que lo mejor sería “ganarlo”, cuando en verdad lo que hace el juego es suspender el tiempo, y con él, la dupla ganar-perder. Como la “Carrera de Comité” (Caucus-Race) de Alicia en el país de las maravillas en la que se juega sin saber quién gana o cuál es la posta de llegada, el juego que interesa es el capaz de suspender, aunque sea por un momento fugaz, el sentido común, incluso el de “jugar”: se juega para perder el sentido. Sin meta, sin mensaje y sin moraleja: el juego es puro y absoluto sinsentido.

En tanto práctica improductiva, galumphing es “dar saltitos en lugar de caminar, tomar el camino más pintoresco en lugar del más corto, jugar a un juego cuyas reglas exigen una limitación de nuestro poder, interesarnos en los medios más que en los fines” (Nachmanovitch). La palabra “galumphing” se agregó al diccionario inglés —según el Collins: “brincar alegre pero torpemente, brincar como un elefante contento”)— después de que Lewis Carroll la inventara bajo el signo del portmanteau (otro término que ideó para referirse al tipo de neologismos que creaba). Los juegos de palabras y las palabras-juego, los chistes, las rimas estúpidas, los malentendidos, los caligramas y todo tipo de inventos disparatados con el lenguaje encarnan roles protagónicos en los relatos de Carroll, pero han sido juguetes predilectos para un elenco variadísimo de escritores, desde Aristófanes, Rabelais, Swift, Edward Lear, Alfred Jarry, los futuristas rusos, los dadaístas, los surrealistas, Joyce, Cortázar, Aira y hasta Derrida y Lacan. Nombro a dos o tres, entre miles, como botón de muestra, y todo esto sin contar la multitud de escenas de juego que presentan las literaturas de todos los tiempos.

En Barthes, la dupla escritura/juego encuentra una potencia teórica que dinamiza sus ensayos con la alegría del galope atolondrado. Escribir es un trabajo lúdico por el que se busca insistentemente una liberación fugaz, intermitente, de las constricciones del lenguaje, es decir: del sentido común. En su movimiento juguetón, en su “travesía”, la escritura compone y explora un “campo”, una “estructuración”, un “volumen de huellas en trance de desplazamiento”, un texto, al que sin dificultad podríamos llamar un espacio de juego.

El encanto que las nociones barthesianas de escritura y texto produjeron en ensayistas, profesores, críticos y escritores desde que llegaron a nuestro país hace más de medio siglo perdura en nuestros días con su chispa inaugural, con su aire de ocurrencia siempre renovada, con su brillo de juguete nuevo. Fueron precisamente estas ideas las que a partir de los años setenta revolucionaron el modo de pensar la enseñanza de la escritura/lectura, tanto en las aulas de literatura como en los talleres de escritura. Despegándose de la idea teleológica y substancialista de “obra”, el grupo de docentes e investigadores de la UBA nucleado en torno a Grafein (talleres de escritura e investigación teórica) inauguró en la Argentina una modalidad de taller, no ya centrado en la figura de un escritor prestigioso, sino coordinado por alguien lo bastante capacitado como para proponer una ejercitación motivadora, consignas lúdicas de escritura capaces de convocar el deseo por el juego en y con el lenguaje.

Ese es precisamente el espíritu que pretende contagiar la presente convocatoria: el de lanzarse a la aventura (ad-ventura, lo que adviene), asumir aquella disposición al juego que implica probar suerte, tomar riesgos, abrazar el azar y la incertidumbre, pero fundamentalmente comprometerse con una ética que enlaza el trabajo a la gracia y el combate a la ligereza (con Barthes: “en este caso, el juego no debe considerarse como una distracción, sino como trabajo”). Ya sea que se elija escribir sobre el juego como tópico, ya como procedimiento o como ética, ya desde cualquier otro de los ejes que proponemos, la invitación es a indagar tanto en los saberes que se ponen en juego como en el modo en que se pone en juego aquel que juega.

Que el espacio de la escritura resulte, así, concurrente con la potencia del juego como origen de la cultura (como quiere Huizinga), o que abra paso a un ejercicio de autoconocimiento de las propias potencias creativas, o que permita, al menos, la libertad de ensayar nuevas formas de vida. 

Ejes temáticos o ¿dónde jugar?:

  • En el campo de croquet de la Reina: escenas de juego en la literatura;
  • En el cadáver exquisito, en no tener piedad: el juego como procedimiento en la literatura;
  • En el “como si”: literatura y vida como relación lúdica;
  • En la estupidez: tontería, humor y sinsentido en la literatura;
  • En el trabajo lúdico del texto: una ética del juego como travesía significante;
  • En la teoría literaria: el juego como noción operativa;
  • En la prueba y el azar: la naturaleza lúdica del ensayo;
  • En el taller de escritura: recursos y dispositivos lúdicos como germen creativo. 

Los artículos serán evaluados según el sistema de evaluación doble ciego pautado por Badebec.